La pena de muerte en la Argentina.

Julio 14, 2008 por Pablo Fernández

“Morir matando, matar muriendo”

¿Es la pena de muerte una solución válida para castigar a quienes cometen crímenes graves?

En tiempos primitivos el hombre resolvía las injusticias por mano propia. Luego, a medida que fue evolucionando, reemplazó ese comportamiento por un complejo sistema de leyes que tipifican casos y recetan castigos.

¿Qué es la justicia? ¿Hacerle a alguien lo mismo que él hizo? ¿Darle una cucharada de su propio veneno? Vestigio de tiempos oscuros, la pena de muerte es un homenaje al Código de Hamurabbi y su Ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Propone castigar al responsable -en general de una muerte- con su suya propia.

En casi cien países, entre los que se destaca la primera potencia mundial, Estados Unidos, se la tiene como opción para castigar los delitos más graves. ¿Qué se entiende por delito grave? En la mayoría de los casos, homicidio; no excluye que los delitos sexuales o contra la salud también puedan encuadrarse dentro de ellos. Culturas que difieren de la Occidental también recurren a ella en casos como el adulterio de una mujer, la cual es sepultada por una lluvia de piedras arrojadas por gente libre de pecado. Incluso los padres de nuestra civilización, los romanos, ante una traición a la Patria utilizaban la muerte, facilitando al imprudente la expiación de sus culpas.

Actualmente se utilizan diversos métodos para infringir la pena de muerte. Previniendo cualquier posibilidad de espectáculo morboso, se aplica de modo de evitar cualquier dolor al criminal. En esto se diferencia de las torturas medievales (y de las contemporáneas, menos ostentosas), cuyo objetivo solía ser desalentar cierto tipo de conducta. Descartado el sufrimiento corporal ¿cuál es la finalidad de la pena de muerte? ¿Eliminar del sistema a un componente que se cree irrecuperable? ¿Es posible reinsertar en la sociedad -a través de la farmacología- a un violador de menores, a un psicópata asesino? ¿O acaso es más fácil seccionar que curar, podar que cuidar? Tal vez la pena de muerte se trate de un conveniente atajo.

Ninguna pena puede retrotraerse: nadie puede devolverle a un ciudadano -encarcelado injustamente- el tiempo perdido. El tiempo es la materia prima de la vida. Y la pena de muerte es arrebatarle de un tajo todo su tiempo. Por eso, en oposición a mucha bibliografía, pienso que entre una pena común y la pena de muerte no hay diferencia cualitativa -como podría suponerse a priori-, sino cuantitativa.

En la Argentina fue impuesta y removida varias veces, usualmente en forma sincrónica con el ascenso y descenso al poder de la fuerza militar. Desde 1984 no rige, y en virtud de pactos internacionales que tienden a preservar los derechos humanos es poco probable que vuelva a instaurarse. Sin embargo, en su plataforma política de 1999, Duhalde la propuso para castigar homicidios vinculados al narcotráfico, secuestro, y violación de menores seguidos de muerte. Hay un sector de la sociedad que está de acuerdo porque -desde su lectura del tema- lo ven como un camino para disminuir la inseguridad.

Al no existir la pena de muerte, la prisión perpetua hace las veces de castigo máximo. Sin embargo, en muchos casos, termina siendo no mayor a veinticinco años el tiempo que el reo permanece en prisión. Muchos de quienes estar a favor alegan que los delincuentes entran y salen de las cárceles sin demora, que sus condenas son breves paréntesis que los incitan a reincidir. Si bien es cierto que la justicia muchas veces da lugar a ese proceso, la pena de muerte no aparece como una herramienta que pueda agilizar o mejorar su funcionalidad. De hecho, exigiría jueces de una idoneidad casi impensable en nuestra sociedad, a sabiendas de que sus veredictos podrían poner fin a la vida de una persona (sabiendo que incluso en un país desarrollado como Estados Unidos -a través del ADN- se supo que en el pasado fueron ejecutados cientos de inocentes).

Es falso que tenga efecto disuasorio en los delincuentes: muchas investigaciones aportan evidencias en sentido contrario. En una poética de lo atroz Laurent enumera, entre los argumentos opuestos a ella, que las penas de sangre ensangrientan las costumbres: “la sangre llama a la sangre”.

La pena de muerte es un fácil escape, una sociedad que intenta remover sus síntomas en vez de mirarse a sí misma. Se despersonaliza al preso, se lo convierte en un objeto, en un número. Sin caer en la exageración -de moda en los últimos tiempos- de darles beneficios a los presos (que ya mucho le cuestan al Estado), tendría que rediseñarse el sistema carcelario para que sea más efectivo. Se siguen construyendo cárceles para mantener a los delincuentes cómodamente hacinados durante un tiempo: están latentes hasta que los liberan, momento en el cual ponen en acto sus intenciones criminales. Es probable que si se gestionasen de una forma más eficaz los recursos, podrían desarrollarse una serie de talleres laborales para que aprendan un oficio, y luego -con lo que produzcan- devuelvan al Estado algo de lo que sustrajeron (incluso sería más cercano al concepto del Derecho que consiste en “devolver las cosas a su statu quo”). Es decir, no enviarlos a hacer tareas inútiles, sino que estén obligados a trabajar y obtener beneficios útiles para la sociedad y para ellos (que también, ulteriormente, repercutirá en forma positiva en la sociedad).

Teniendo en cuenta lo planteado, ¿es eficaz la pena de muerte para disminuir la inseguridad, o es una de las tantas soluciones mágicas que busca una sociedad, empecinada en no ver que son sus raíces las de los frutos amargos?

¿Qué se esconde tras el reflejo?

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

Hay un testigo constante que sabe todos los detalles de tu vida (varios que incluso vos mismo ignorás). Irremediablemente todos tenemos este confesor, oyente y protagonista silencioso de nuestros rituales más íntimos. Se trata del espejo, aquel que nos muestra una foto polaroid que ya se desvanece. Ante él ponemos caras y hacemos cosas que no nos atreveríamos a hacer siquiera delante de nuestros más preciados amigos.

Pero el espejo no se restringe al botiquín del baño, sino que es nómade. Los hay por todos lados: en un televisor apagado (fenómeno inusual), en esa panera plateada de la abuela, en un charco de lluvia reciente, en la mirada con que nos mira la persona que amamos, en esa vidriera que observamos con tanto supuesto interés que hace ilusionar al vendedor.

Ese objeto trivial que puebla las carteras de las mujeres (que no los bolsillos de los caballeros) es un pequeño milagro: sin ningún artilugio tecnológico, es capaz de reproducir fiel -e imperceptiblemente a la vista- la realidad. No por nada son aliados inseparables del mago: en su duplicación simétricamente perfecta, le presta -por ejemplo- un gemelo por un instante.

Sin embargo, hay quien le reprocha el que muestre implacablemente todo lo que se le cruza. No tiene el prurito de nuestros amigos o conocidos para omitir decirnos que un grano de dimensiones jupiterianas emergió en nuestra frente. Simplemente nos muestra lo que es, como un buen terapeuta que a veces hace de espejo; por esa misma razón son tan odiados los mimos, espejos vivientes (arte sutil y mágico). Los únicos que intencionalmente deforman son los de los parques de diversiones, esos que nos hacen más anchos y bajos (algunos juran tener instalado uno de ellos en sus dormitorios).

Pero por alguna razón la gente inventa supersticiones, como la de los siete años de mala suerte si se rompe (un gran amigo pegó con mucha gracia un espejo roto en la pared, y rompió el maleficio con esta improvisada obra de arte). Ahora bien, si lo rompe un gato negro ¿cómo se multiplicaría la desgracia? Quizá tendrá sus siete negras vidas de mala suerte. Por cierto, los gatos no se reconocen en el espejo: ven a otro gato. Tal vez, más lúcidos que nosotros, se dan cuenta de que esa planura no somos nosotros sino apenas una ilusión de los sentidos. Ya oigo el ronroneo del gato de Cheshire cuya sonrisa lentamente se desvanece, burlándose del espejo.

Dalí tuvo la visión de experimentar con imágenes dobles y espejos. Dispuso un tubo espejado que alarga las figuras y, de esa forma, una mosca horizontal se transforma, en la verticalidad del espejo, en un jinete a caballo. Creo que supera en mucho a sus imágenes dobles pintadas (muchas veces forzadas y triviales) ya que constituye una poderosa metáfora acerca de cómo el mismo elemento que en ocasiones puede ser fidedigno y copiar con precisión la realidad, en otras puede distorsionarla y hasta cambiar su esencia.

Nunca olvido esos espejos enfrentados que generan infinitas reproducciones, como los que están montados en las puertas de los placares: uno refleja el reflejo del otro que ya es reflejo. Un big-bang en constante expansión en el que siempre intentaba adivinar el reflejo original, el Creador, sabiendo que era imposible.

Siempre me inquietó la palabra con la que los ingleses llamaban a los espejos: “looking-glass”. Como muchas palabras de ese sabio idioma -denostado por quienes ignoran su secreta complejidad- denota ese brillo en los ojos con el que nos mira el espejo. Es que esos ojos, si bien somos nosotros, también es Otro. Como esos cuadros antiguos en los que el retratado nos sigue a todos lados con la mirada. Es probable que quien creó la cámara Gesell (que sirve para observar pacientes llamados Alicia – o no- a través del espejo) se inspiró en ese verbo continuo en el que el vidrio cobra vida y nos mira atento y fijamente.

Unos músicos de vanguardia alemanes hablaban en los setenta de un “Hall of mirrors”, en el que un hombre joven mira su reflejo, como un neo-Narciso. A veces ve su cara real, y a veces a un extraño en su lugar. Citan -sin haberlos leído- unos treinta o cuarenta poemas de Borges (todos leves variaciones, espejos lingüísticos de un mismo poema).

Levanto la vista y veo mi propio reflejo en el vidrio de la ventana. Pero si miro más allá, veo los edificios de mi manzana. Quizá la primera mirada nos devuelve la imagen de nosotros mismos, pero si la profundizamos podemos llegar a intuir la realidad que nos trasciende, inasible a los espejos.

El eco de las cosas

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

Quizá la sombra fue el primer espejo que tuvimos, cuando nuestras manos aún portaban garrotes inalámbricos. En esa silueta es posible que nuestros antepasados hayan adivinado sus primeros rasgos auténticamente humanos. Incluso fue nuestro primer instrumento astronómico (¿no fue acaso un griego el primero en medir con precisión la circunferencia de la tierra utilizando -a modo de regla- una modesta sombra?)

Peter Pan -o Pedro Bread-, ese chico que nunca crece soñado por una imaginación igualmente imperecedera, tenía una sombra que se independizaba, haciendo caso omiso a sus órdenes. Recrea antigua literatura en la que las sombras eran el espíritu de la persona, lo intangible de su ser, que por momentos podía escindirse y darse a la fuga. Luego debían buscar, inevitablemente, otro huésped: podían cambiar de dueño, no su destino.

Las sombras chinescas, fabricadas por un par de manos convenientemente dispuestas, se acercan más a los arquetipos platónicos que los ejemplares vivitos y coleando. Y la tinta china (¿hay algo que no hayan inventado los chinos, a excepción de la birome?) son almas atrapadas como genios en la botella que, al abrir el frasco, emergen en forma de dibujos infantiles.

Los poetas le hacen odas, mencionándola en previsibles metáforas de muerte. A mí, en cambio, me molestan: tapan lo que estoy leyendo o escribiendo (aclaro que soy zurdo), cualquier distraído me la pisotea con impunidad, y la ando arrastrando como un perrito faldero todo el día. Por eso amo las noches, cuando todo es sombra: ya nadie me persigue, ya no hay un pedazo de mí con el que el sol pueda jugar a estirarlo y encogerlo a su antojo.

De chico me gustaba la magia, y de hecho fui Merlín por unos años. Me causaba curiosidad la palabra asombrar, que en una accesible etimología se entiende como “sin sombra” o -mejor aún- “salir de las sombras”. Habla de aquello (un truco de magia trivial, un milagro, lo mismo da) que nos hace salir por un momento de nuestra pesada sombra. En la rutina diaria enciende un fogonazo, siquiera fugaz, de lo incognoscible del universo. Un puñado de su materia prima soñando, escribiendo, reflexionando sobre sí misma y su sombra.

Sin embargo post-platónicos, siempre volvemos a la caverna, nos encadenamos por propia voluntad para no enceguecernos con esos incómodos destellos. Las sombras de las cosas y personas son más fáciles de manejar que las cosas y personas. El mundo se pliega, haciéndose un dócil origami.

Lo virtual es apenas una sombra que juega a ser realidad. Como si esas sombras prófugas de repente se creyeran las cosas que proyectan. La neo-caverna se nos abre como un pasaporte a un nuevo mundo, alejándonos del real. Las palabras se van marchitando de que nadie las escriba, las nombre, siquiera las piense. Todo es imagen, que según algunos vale mil palabras (siempre y cuando esas mil palabras hayan sido escritas por un analfabeto manco de las dos manos). Olvidando las palabras, las cosas dejarán de ser. Deshonraremos a Adán, que trabajosamente acuñó cada objeto de la Tierra, sombra del paraíso. Olvidaremos que alguna vez había un conjunto de símbolos que significaban árbol. Será eso marrón con hojas verdes que se bambolea por el viento. Hasta que perdamos los colores, las acciones y la naturaleza, y quedemos reducidos a mirar lánguidamente, ajenos a toda reflexión, algo que se mueve. Si a eso le ponemos un marco, habremos inventado algo: el televisor.

Poesía: “Oda a un escultor del aire”

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

(inspirada por la despedida de Julio Bocca en el Obelisco)

Tajea la parsimonia del aire
tu paso burbujeante.
Geometriza la nada
que se evapora
y condensa en mis ojos.
Tus pies infinitesimales
puntiagudan el piso.
Pintura viviente cubista
aglutinás ángulos:
tu perfil ya es frente
que ya es perfil que ya es frente.
Incesante giro
es un ciclo para cíclopes
de mil y un ojos.
A ojos oxidados dan vértigo
tus giros que engendran
un breve huracán
bebiendo los huecos
que el escenario respira.
Centrifugan el aire
que van a acariciar
tus filosos pies
y despabilar el aplauso
de multitudinosas manos.

Análisis del poema “All our yesterdays” de Jorge Luis Borges

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

“Quiero saber de quién es mi pasado.
¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino
Que trazó algún hexámetro latino
Que los lustrales años han borrado?
¿Es de aquel niño que buscó en la entera
Biblioteca del padre las puntuales
Curvaturas del mapa y las ferales
Formas que son el tigre y la pantera?
¿O de aquel otro que empujó una puerta
Detrás de la que un hombre se moría
Para siempre, y besó en el blanco día
La cara que se va y la cara muerta?
Soy los que ya no son. Inútilmente
Soy en la tarde esa perdida gente.”

A nivel estructural se trata de un soneto inglés o isabelino ya que tiene tres serventesios (cuartetos endecasílabos con rima consonante) y un dístico que cierra. Su rima es ABAB,CDCD,EFEF,GG.

Acerca del contenido, en este poesía Borges incluye mucho de lo habitual en su obra, principalmente la multiplicidad que habita en una sola persona (este concepto lo llevó al extremo del desdoblamiento en su cuento “El otro”)

Aparecen elementos típicos de su universo como la biblioteca, el mapa, el tigre y la pantera.

Los datos biográficos de los versos son reales: el ginebrino es él en su adolescencia, cuando cursó el bachillerato en aquella ciudad suiza. Sigue, eludiendo el orden temporal, refiriéndose a él de niño. Fue en esa biblioteca de su padre que describe donde se crió y conoció la Divina Comedia, el Quijote, Las mil y una noches, Shakespeare, y a los autores ingleses que lo deleitaron hasta sus últimos días (Stevenson, Chesterton, Poe). Luego recuerda un momento que presagia el que siente le está llegando: ya no es aquel que empuja la puerta, sino el de la cara que se está yendo.

Describe sus distintos “yo” que constituyen su “yo” actual. Los ayeres que configuran su presente. Es la mirada hacia atrás de quien se encuentra cerca del fin del camino (Borges escribió esta poesía a los 76 años). Una reflexión ante la cercanía del ocaso, simbolizado por la tarde (“Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra, traspasado por un rayo de sol: y enseguida atardece”, poetiza Quasimodo),. Es un resignarse al destino inevitable. Cómo se diluye el yo entre todas las cosas.

La poesía respira cierta espiritualidad oriental –en especial budista-. Si bien no profesó ninguna religión, Borges simpatizaba a nivel literario con algunos de sus conceptos.

El título no es azaroso, sino que lo toma de su admirado Shakespeare. Los siguientes versos pertenecen a Macbeth, acto 5 escena 5:

“To-morrow, and to-morrow, and to-morrow,
Creeps in this petty pace from day to day,
To the last syllable of recorded time;
And all our yesterdays have lighted fools
The way to dusty death. Out, out, brief candle!
Life’s but a walking shadow, a poor player,
That struts and frets his hour upon the stage,
And then is heard no more. It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.”

(Traducción al español: “Mañana, y mañana, y mañana / se arrastra con paso mezquino día tras día / hasta la sílaba final del tiempo escrito, / y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos / hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama! / La vida es una sombra que camina, un pobre actor / que en escena se arrebata y contonea / y nunca más se le oye. Es un cuento / que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, / que no significa nada.”

Como cierre valga decir que Borges eligió morir en Ginebra. Quizá su ayer más real, más próximo, haya sido aquel ginebrino que enumeró en primer lugar.

Ritual nocturno, relato breve.

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

¿Qué dormido dijo que la vida de día es más real? Acaso sea tan sueño como el que destilan las noches: los dos universos son apenas caprichos de nuestra mente.

Sólo los mamíferos -de los que darwinianamente formamos parte- tenemos el dudoso privilegio de soñar. Las aves y reptiles no tienen necesidad de esta doble vida, de este sueño que nos da un anticipo de la noche, hasta que todo es noche.

Es un carnaval de improvisados disfraces, pan y circo que distrae a nuestra mente de la lógica abrumadora de cada día. Pero no todos fuimos obsequiados con este don.

Espié el reloj: la hora recién se desperezaba. Apreté los ojos con fuerza, obligándome a dormir.

No había caso. Recordando el consejo que me había dado un amigo, empecé a contar. Noté, inquieto, que cada número que pronunciaba en voz baja iba al ritmo del tic-tac recurrente del reloj. Suplicante, miré otra vez la pared: las agujas parecían derretidas.

Imaginé ovejas saltando una cerca, pero con horror descubrí que en cada ojo tenían dos agujas crucificadas. Sus pupilas muertas eran relojes detenidos.

Recreé en mi mente la visita de unas tías, somníferos recubiertos de piel y huesos. No hacían más que hablarme del estirón que había pegado la hora, de qué grande estaban los minutos, y de los segundos que no paraban de crecer.

Para perder tiempo quise llamar a mi amigo, el del consejo. Mis dedos trasnochados sólo marcaban el 113, deleitándose al hacerme escuchar idéntica hora a la tatuada en mi retina.

Cada ruido jugaba a ser reloj. Mi respiración marcaba los segundos, la tos de mi vecino los minutos; los acompañantes de mi vecina, las horas.

En la negrura de mis ojos vi relojes de arena petrificada, péndulos de oscilación infinita, relojes cucú cuyos pájaros salían para cuquear siempre la misma hora (juro que en su mirada había un brillo de burla).

Cerré los ojos. Últimos minutos, babosas cuesta arriba. El tic, tac quedaba rezagado ante mis apresurados latidos.

Pispié de reojo el reloj y las agujas amontonadas señalaban las doce. Respiré lentamente, paladeando el funeral de todos los segundos pasados. Hasta que volví a mirar la pared para descubrir, con desazón, cómo un nuevo giro empezaba.

Crítica de “El liderazgo resonante crea más” de Goleman, Boyatzis y Mckee.

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

Quien leyó a conciencia “La inteligencia emocional” de Daniel Goleman puede prescindir perfectamente de este libro. Es la clásica “extensión de línea” de un libro exitoso, como la de “Padre rico padre pobre” y tantas otras. Goleman aplica el concepto al mundo empresarial, tentador mercado para una serie de libros.

En esta variante el eje es el liderazgo. Empieza con una excesiva introducción de varios capítulos en las que Goleman repite prolijamente sus lecturas acerca de la neuroanatomía (que puede resumirse en que divide al cerebro en dos partes: neocortex, lo racional, y sistema límbico, lo afectivo). Luego postula los estilos de liderazgo que observó con sus colegas: visionario, afiliativo, coaching, democrático, timonel y autoritario. Más adelante analizan sus pros y contras, arribando a la inevitable conclusión que su eficacia depende de lo que requieran el contexto de la organización y sus miembros.

Desde el capítulo 6 al 8 se condensa lo que puede ser de interés para quien compró el libro por lo que prometen su título y contratapa. Muestran distintas maneras de desarrollar gradual y sustentablemente las capacidades de liderazgo; son recomendaciones que, sin ser innovadoras, pueden ser útiles para quien se encuentra embarcado en un proceso de crecimiento profesional. Destacan los cinco “descubrimientos” que postula Boyatzis, uno de los autores del libro. Ellos consisten en: primero descubrir el yo ideal, segundo el real (fortalezas y debilidades), tercero armar una agenda de aprendizaje, cuarto experimentar y practicas las nuevas conductas, pensamientos y sentimientos, y quinto desarrollar relaciones de apoyo y confianza que posibiliten el cambio.

De allí en adelante se concentran en formas de alentar la inteligencia emocional en las organizaciones que poco suman al lector de sentido común promedio. La excepción es el Apéndice B, que reviste interés por describir las dieciocho competencias de los líderes -según los autores-.

En resumen, para quien no se interiorizó acerca de la inteligencia emocional (la que combina la inteligencia intrapersonal -hacia nosotros- y la interpersonal -hacia los demás-) es probable que la fuente principal de este libro, “La inteligencia emocional”, sea más recomendable. Y quienes buscan formas de aplicarla -a excepción de los capítulos mencionados- van a encontrar en estas más de trescientas hojas afirmaciones simplificadoras de la complejidad empresarial y que son, cuanto menos, repetitivas.

Goleman, periodista, que con su best-seller fue el principal divulgador de la inteligencia emocional en los ‘80, sigue usufructuando de esta idea-fuerza sin hacer ningún aporte valioso.

Emprender o depender, una elección

Julio 13, 2008 por Pablo Fernández

“Estoy sin trabajo, comprame”, reza el cartel que acompaña la tijera que me acaban de dejar en el regazo. Hay plaga de vendedores ambulantes. No tengo nada en contra de ellos: de hecho, están desde la fundación de nuestro país (¿qué son si no las negras que vendían empanadas en la revolución de mayo?). Sin embargo, me pareció curioso el argumento: “no tengo trabajo”. Tenemos tan imbuida la relación de dependencia como forma de trabajo, que no concebimos que otro tipo de actividad también pueda serlo. “Changas”, “rebuscársela”, “curro”, son algunas de las maneras en las que las llamamos. El tema es que si nuestro ingreso proviene de ellas, es un trabajo con todas las letras. “Esfuerzo humano aplicado a la producción de la riqueza” es la abarcativa definición que nos da la Real Academia Española. Si no, se crearía la paradoja de este “desempleado” que gana $1.500 al mes vendiendo tijeras, frente a un correcto empleado administrativo que apenas alcanza los $1.000. A nivel de marketing el cartel de nuestro amigo es efectivo y creo que poca gente refutaría su afirmación. Lo que sospecho es que él mismo se cree desempleado: su dignidad, su estima, su valía como persona son afectadas por esa manera de ver las cosas. Y no es así ya que, por más que no cuadre en el perfil del trabajador modelo que nos inculcaron de chicos (trabajo a sueldo), está creando su propio trabajo, su propia fuente de ingresos. ¿Por qué alguien que gastó mucho dinero es un emprendedor y él, que invirtió sus ahorros en esas tijeras, que con trabajosa dificultad redactó un cartelito que potencia sus ventas, que analizó en qué momento y dónde era más propicio venderlas, no lo es? O acaso también podría considerarse perfectamente un colaborador free-lance de quien maneja el negocio de las tijeras. Es la actitud ante la necesidad de generar ingresos lo que define a alguien. Hay quien tiene alma de empleado, y su mayor bien es un trabajo estable con un sueldo decente. Depende de la buena voluntad de una sola persona, su jefe. En cambio hay otros con espíritu emprendedor: quieren forjar ellos mismos su camino, ellos se dan los ascensos, ellos se ponen los incentivos, y ellos son los beneficiarios totales de sus ganancias (o de –hay que decirlo- sus pérdidas). Ninguna de las dos opciones es mejor a priori. De animarse a conocernos y elegir cuál va mejor con nuestra personalidad dependerá gran parte de nuestra satisfacción personal.