Cinta abierta, vinilo, casete, CD, DAT, MP3. Nada más perecedero que los formatos para almacenar música, cada uno de los cuales promete mayores beneficios -a veces para el oyente, a veces para los bolsillos de sus inventores-. Mientras las discográficas y las distribuidoras debaten sobre la piratería, ya es parte de nuestros hábitos bajar música de la red en forma caótica, caprichosa, y reproducirla con la función Shuffle que puede dejar escuchar un tango seguido de una bossa nova, que a su vez precede a un regatón.
Este fenómeno ocurre no sólo con la música sino también con películas, series de televisión, videos, y libros –estos últimos en menor medida ya que nadie en su sano juicio lee trescientas hojas en la pantalla de un monitor-. Se transforma la manera en la que nos relacionamos con estos elementos de la cultura: estamos dejando de lado los rituales que nos conectaban con ellos. Por ejemplo, esa cajita de CD que comprábamos en la disquería; no veníamos la hora de romper el celofán y poner el disco mientras nuestros dedos recorrían la textura de la tapa y leíamos las letras. O las películas con los anticipos de otras, los aplausos apurando el comienzo de la proyección, el desfile de los carameleros con precios imposibles, el acomodador con su linternita que nos hacía sentir en una función de teatro.
Ahora una película la vemos en nuestra notebook o DVD. El cuidadoso trabajo de los artistas, directores y productores se diluyen en nuestra tiranía digital. El MP3 utiliza su guadaña para rebanar sin reparos los graves y agudos más bajos y altos de una canción. El énfasis está puesto en la cantidad y no en la calidad. Miles de MP3, decenas de películas listas para bajarse en minutos, cientos de reproducciones casi perfectas de la Mona Lisa en latas de galletitas que nos ahorran el trámite del viaje a Paris y la entrada al Louvre. Pero en esa practicidad, esa comodidad, en esa inmediatez, resignamos parte esencial de las obras.
Borges -al que tantos invocan en vano para darse pátina de leídos- fue lector de pocos libros: prefirió viajar mil y una veces a las noches de Arabia, a la Mancha del Quijote, al infierno de Dante acompañado del Padre Brown. Quizás el deleite más profundo es el de quien se planta ante una obra y la percibe en todas sus partes, siendo sensible a las sutilezas que propuso el artista, respetando la unidad y el contexto para el que fue imaginada. Y eso sólo sucede ante un lector o espectador atento, activo, educado, con el espíritu preparado para disfrutar y adentrarse en las distintas capas de sentido que nos ofrece una obra.