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La falacia del ocaso de las PyMES

Mayo 5, 2009

Ya desde mi colegio secundario una profesora presagiaba la pronta desaparición de las pequeñas y medianas empresas; esas que fundaron los primeros inmigrantes españoles e italianos, o la que armó algún emprendedor más cercano a nuestros días.

Sin embargo, a pesar de que las corporaciones muestran una voracidad cada vez mayor, compran empresas y se fusionan para formar un monopolio tácito, a medida que crecen y se hacen más grandes pierden flexibilidad y agilidad para desarrollar nuevos productos-mercados. El clásico ejemplo de los ochenta es IBM, que necesitó de la ayuda de la pequeña -en ese momento- Microsoft para el desarrollo de sus sistemas operativos.

Hoy en día el ejemplo de empresa innovadora y creativa, Google, tuvo que recurrir a su billetera para hacerse de sus últimos productos (Blogger, You Tube). Su ejército de mentes brillantes en remojo no pudo lograr lo que un par de programadores con una visión clara y concreta (¿acaso Google no empezó de ese mismo modo?)

Si bien muchas agencias de publicidad nacionales son compradas por extranjeras, al mismo tiempo está naciendo una nueva, de la mano de diseñadores, creativos y redactores que juntan sus talentos. Más allá de la industria informática y la publicidad, se puede hacer extensivo al resto de los sectores productivos. “El que mucho abarca poco aprieta” decían con su sabiduría de almanaque nuestros abuelos. O, para ponerlo en términos más científicos, “a mayor superficie abarcada, ejercemos menos presión”. A ese talón de Aquiles debemos apuntar nuestra flecha envenenada de diferenciación y microsegmentación.

Sí, las PyMES que pretenden sobrevivir apuntando al mismo público y con los mismos productos que las multinacionales tienen los minutos contados. Su desafío hoy consiste en descifrar esos nichos inexplorados por los grandes porque no pueden llegar hasta ahí, o simplemente porque el bocado no les es suficientemente apetitoso.

Las empresas guerrilla que postulan Al Rice y Trout son las llamadas a sobrevivir; esas que elijan especializarse y se decidan a ser las mejores en algo, atendiendo a un determinado segmento mejor que ningún otro competidor. Ya no es cuestión de que David enfrente a Goliat –batalla perdida de antemano- sino que sepa a qué territorios éste no puede acceder porque su tamaño o torpeza de gigante se lo impiden, y allí se proclame rey.

Sobre el disfrute de una obra cultural

Febrero 5, 2009

Cinta abierta, vinilo, casete, CD, DAT, MP3. Nada más perecedero que los formatos para almacenar música, cada uno de los cuales promete mayores beneficios -a veces para el oyente, a veces para los bolsillos de sus inventores-. Mientras las discográficas y las distribuidoras debaten sobre la piratería, ya es parte de nuestros hábitos bajar música de la red en forma caótica, caprichosa, y reproducirla con la función Shuffle que puede dejar escuchar un tango seguido de una bossa nova, que a su vez precede a un regatón.

Este fenómeno ocurre no sólo con la música sino también con películas, series de televisión, videos, y libros –estos últimos en menor medida ya que nadie en su sano juicio lee trescientas hojas en la pantalla de un monitor-. Se transforma la manera en la que nos relacionamos con estos elementos de la cultura: estamos dejando de lado los rituales que nos conectaban con ellos. Por ejemplo, esa cajita de CD que comprábamos en la disquería; no veníamos la hora de romper el celofán y poner el disco mientras nuestros dedos recorrían la textura de la tapa y leíamos las letras. O las películas con los anticipos de otras, los aplausos apurando el comienzo de la proyección, el desfile de los carameleros con precios imposibles, el acomodador con su linternita que nos hacía sentir en una función de teatro.

Ahora una película la vemos en nuestra notebook o DVD. El cuidadoso trabajo de los artistas, directores y productores se diluyen en nuestra tiranía digital. El MP3 utiliza su guadaña para rebanar sin reparos los graves y agudos más bajos y altos de una canción. El énfasis está puesto en la cantidad y no en la calidad. Miles de MP3, decenas de películas listas para bajarse en minutos, cientos de reproducciones casi perfectas de la Mona Lisa en latas de galletitas que nos ahorran el trámite del viaje a Paris y la entrada al Louvre. Pero en esa practicidad, esa comodidad, en esa inmediatez, resignamos parte esencial de las obras.

Borges -al que tantos invocan en vano para darse pátina de leídos- fue lector de pocos libros: prefirió viajar mil y una veces a las noches de Arabia, a la Mancha del Quijote, al infierno de Dante acompañado del Padre Brown. Quizás el deleite más profundo es el de quien se planta ante una obra y la percibe en todas sus partes, siendo sensible a las sutilezas que propuso el artista, respetando la unidad y el contexto para el que fue imaginada. Y eso sólo sucede ante un lector o espectador atento, activo, educado, con el espíritu preparado para disfrutar y adentrarse en las distintas capas de sentido que nos ofrece una obra.

Starbucks o la fanfarria del café

Febrero 3, 2009

Tiene más locales en el mundo –más de doce mil- que el omnipresente McDonald’s. Están dispersos por Estados Unidos, Japón, China, Sudamérica, Asia y Europa, habiendo logrado todo ese crecimiento en menos de treinta años. ¿Con qué bebida prodigiosa logró este milagro? La misma que un Papa bendijo como celestial, y que nos sirve cada mañana el gallego de la esquina: el café.

Ahora bien, ¿cuál es el valor agregado, la vuelta de tuerca que propone esta cadena? Los libros que analizan el fenómeno alaban su concepto del tercer lugar, espacio que se suma al del hogar y al del trabajo. Esta definición -que pretende sonar innovadora- se trata simplemente de algo que los porteños conocemos desde siempre: el café como lugar de encuentro. Las charlas de café donde todos los problemas del mundo encuentran mágica solución, el desayuno acompañado del vasito de soda y del diario del día, la ceremonia del jarrito para cortar la leche, el eterno mozo de vestimenta detenida en el tiempo. Esa pausa, ese lugar de reflexión, de silencio o de conversación más libre que otros ámbitos, donde se puede hablar horas de ese negocio que nunca vamos a hacer, de una mujer que sólo existe en nuestra imaginación, todo mientras levantamos la mano y le hacemos al mozo el gesto para que nos traiga otro café. Todo ese ritual profundamente humano fue devorado en muchas partes del mundo por el fast-food, la vedette de fines de siglo que ya muestra signos de esclerósis irreversible (algo que McDonald’s y sus nuevas ensaladas lo saben).

Un clásico que forma parte de nuestra cultura porteña es el mozo que nos conoce y nos hace el café un poquito cargado, eligiendo esas medialunas crocantes como sabe que nos gustan. Qué más alejado de eso que el impersonal empleado adolescente que en Starbucks escribe nuestro nombre con marcador en un vaso para que otro lo diga en voz alta una vez que preparó el brebaje. Este factor de no saber adaptar la propuesta a nuestros hábitos volteó a gigantes como Pizza Hut, Domino Pizza, Dunkin Donuts y tantos otros que quisieron imponerse. Ignoran que si bien siempre miramos para afuera, para perdurar deben hacernos creen que no nos están cambiando.

En Argentina por ahora se posiciona como un producto para quienes quieren mostrarse a la moda. Esos que bajen de su auto importado enfundados en su chomba Lacoste original para comprar un take-away (café para llevar), o una pareja que quiere probar algo distinto, o alguien un desprevenido que entró atraido por el cartel y que sólo al terminar de pedir advertió que ese café de nombre extraño iba a costarle doce pesos.

Otra razón por lo que creo que no va a poder imponerse, aparte de no adaptarse al paladar y tradición argentinos, es que las cadenas locales blindaron el mercado. Starbucks demoró mucho su penetración en Argentina, dándole tiempo a Café Martínez, Delicity, Bonafide, Havanna, y McCafe -las cadenas más fuertes- para ocupar los principales puntos estratégicos, que muchas veces definen el éxito del local. Y más allá de que sospechaban que el público argentino no iba a engancharse con el take-away, de todas formas lo ofrecieron, sacándole a Starbucks esa primicia de las manos.

Entre los aspectos distintivos del fenómeno los supuestos eruditos incluyen el enfoque en la calidad. Y la verdad es que más allá de que la materia prima con la cual trabajan puede ser buena y de que su personal esté decentemente capacitado, el verdadero café exprés no precisa de tanto aditamento de sabores. Nombres imaginativos como frapuccino, mokaccino, vento, designan tragos, medidas y a una serie de ingredientes de los cuales el café es uno más, y no de los más importantes. Los verdaderos baristas expertos en café insisten en que en su versión más pura es el corto, cargado, sin endulzar, concentrado (todo lo contrario a lo que nos ofrece Starbucks). Les regalo un anagrama de la palabra café que me enseñaron para recordar las características que tiene un buen café: Cargado Amargo Fuerte Espeso.

Por ahora en Argentina Starbucks, más que café, es pura espuma. Y en vaso de plástico.

Una nueva forma de la ignorancia: las filminas

Agosto 27, 2008

Las filminas son la nueva moda de las universidades privadas. Un docente clásico se ponía delante del curso y explicaba, apoyando sus palabras con ocasionales gráficos, ecuaciones, o palabras escritas en el pizarrón. Esta ayuda visual es importante ya que es uno de los tres canales de aprendizaje (los otros dos son el auditivo y el cinestésico). Sin embargo, la generación audiovisual ha avanzado tanto que ya ni siquiera en el ámbito académico son necesarios la palabra escrita y su hábitat por excelencia: los libros. La biblioteca es una especie en extinción y casi desconocida para muchos. De las fotocopias, que eran un válido sustituto (si bien poco noble en la forma, igual de válido en contenido) se ha pasado a unas vistosas diapositivas que intentan condensar -en un puñado de frases sueltas y simpáticos gráficos – la complejidad de un libro universitario. Las filminas son el apuntador de muchos docentes que -convertidos en intermediarios que no aportan ningún valor agregado- se limitan a pasarlas y leerlas en voz alta. La mayoría de las veces son resúmenes simplistas que inducen al estudiante a pensar que la materia se reduce a eso, en vez de motivarlo a profundizar en algunos temas, como debiera ser su finalidad. El estudiante no lee, escucha, ni escribe lo que interpreta, sino que mira pasivamente la proyección, como una continuación de la pantalla del monitor y de la televisión. Un atajo que conduce a un solo destino: la ignorancia. Y del peor tipo, ya que está disfrazada con una pátina de saber que, a la mínima pregunta razonable, se descascara y deja expuesto el profundo desconocimiento de la materia. Claro que muchos exámenes son igualmente superficiales, por lo que la mera lectura de unas cuantas filminas garantiza, cuanto menos, el acceso a la nota mínima para aprobar.

Deberían valorarse por lo que son: guías de estudio. Es decir, permiten conocer el enfoque del profesor, qué temas dio en clase. Es decir, tienen la misma funcionalidad que cualquier apunte; de hecho, son el apunte del vago. Ni siquiera tiene que molestarse en escribirlo o siquiera sacarle fotocopia. Las nuevas herramientas abren nuevas oportunidades a la docencia, siempre y cuando sean utilizadas adecuadamente. Las filminas –aunque perfectamente prescindibles- contribuyen a darle mayor riqueza visual y sonora a una clase (se pueden mostrar videos, fotos, esquemas dinámicos, etc.), pero no siempre son el mejor recurso. Muchas veces son más convenientes un docente que cuenta y cautiva desde el valioso recurso de su pasión por lo que enseña, una fotocopia que hay que ir llenando y que requiere del alumno una participación más activa, o el viejo y querido pizarrón que, a diferencia de las atomizadas filminas, permite una lectura global de los temas que se van desarrollando, y una comprensión más amplia y universitaria.

Pronto voy a subir una filmina que sintetice este artículo. Va a decir: Filminas, flecha, ignorancia, flecha, otros recursos, flecha, pasión, participación, pizarrón.

Lectura digital vs. Lectura analógica

Julio 26, 2008

Quienes nacimos del ´80 para atrás solemos valorar lo impreso por sobre lo virtual, como si el costo en tiempo y dinero que requiere avalasen su contenido. Las nuevas generaciones no padecen este prejuicio, pero lo canjean por uno inverso: anteponen lo digital a lo analógico. Lo impreso suele representar para ellos lo obsoleto, tedioso, lineal, mientras que lo digital les da la posibilidad de búsquedas no lineales (es decir, poner “Hamlet” y que la computadora busque esa palabra en mil hojas), enlazar contenidos, y utilizar herramientas que facilitan la escritura y la lectura. Crecieron con un teclado tatuado en los dedos: no conocen lo que es ir a buscar información a una enciclopedia, una palabra desconocida a un diccionario, o revisar exhaustivamente un libro. Es la generación de lo inmediato, del copy-paste ¿Para qué perder tiempo leyendo un libro, si se puede encontrar el resumen en Internet? (incluso portales como Yahoo alientan a “hacer la tarea en cinco minutos”, pidiendo a otros que la hagan por uno). Ignoran que lo más valioso del aprendizaje no se encuentra en ningún resumen. Quienes sigan su consejo serán aprendices de loros, repetirán con menor gracia y fundamento palabras ya prostituidas por cientos de personas. Nada original saldrá de sus bocas: sus labios serán fotocopiadoras.

La lectura virtual que propone Internet es un zigzag, un paneo, un escaneado que busca palabras clave y, si no las encontramos, seguimos de largo. Es un zapping continuo. Una de las razones podría ser que, a pesar de que las nuevas pantallas son más amigables que el ámbar de las de antaño, no dejan de ser incómodas para leer textos largos. No tienen portabilidad, no se pueden marcar, y menos subrayar y escribir notas al margen. Apenas se las puede mirar: los textos tienen aires de televisor. En cambio el libro ya tiene todos los beneficios que los científicos e investigadores buscan con las nuevas tecnologías: son económicos, portables, ecológicos, compatibles, perdurables (hoy podemos leer un libro de mil años de antigüedad ¿podrán los nietos de nuestros nietos leer el texto almacenado en una Palm de hoy?).

Por lo tanto, en virtud de sus limitaciones en cuanto a la extensión, lo digital podría conformarse con presentar fragmentariamente una muestra de un texto más largo, o un texto breve en forma íntegra. Sin embargo, la diversidad de estímulos hace que se vea afectada la necesaria atención requerida para, por ejemplo, escuchar la musicalidad de una poesía, o para aprehender la sutileza de una idea. Las computadoras multitarea refuerzan esta conducta: se puede -al mismo tiempo – chatear en un mensajero, dejar un comentario en un fotolog, y escuchar música. Se privilegia la cantidad por sobre la calidad; Cortázar sostenía que cenar con un violinista de fondo era un insulto tanto para el músico como para el cocinero.

La reflexión, el pensamiento, y hasta el ejercicio básico de leer necesitan un espacio, un silencio. La multiplicidad de estímulos disminuye nuestra capacidad de percepción, comprensión y procesamiento. Quien hace malabares con tres rosas es poco probable que pueda apreciar el aroma y la suavidad de sus pétalos. Y para mentes exactas y lógicas, hasta la física lo ratifica: presión es fuerza sobre superficie. A mayor superficie (más actividades), menos presión (atención). Y lo que hace emerger lo profundo de un texto no es la lectura primaria, apresurada, que apenas le acaricia el lomo, sino una exhaustiva relectura que reflexiona, cuestiona y analiza a fondo su contenido.

Una palabra vale más que mil imágenes

Julio 15, 2008

Muchos primitivos adoraban imágenes; sus religiones se basaban en ellas. En la simpleza de una imagen puede verse rápidamente el qué, resignando el por qué y el cómo. Es el texto sin el contexto: quien la observa no puede profundizar en su análisis, sino que debe limitarse a decodificar ese estímulo visual.

La palabra imagen viene del latín “imago” y éste del verbo “imitari”, que significa imitar. Se puede interpretar la representación de un espejo o un retrato como una imitación de la figura real. La televisión es un espejo inverso: el espectador imita lo que ve. El mundo que puebla su mente no es el de su imaginación, sino que toma prestado el que le ofrece la pantalla.

Hay un refrán (esa forma de mentira que ampara la tradición) que afirma que una imagen vale más que mil palabras. Si bien la imagen puede ser más gráfica, más entendible, es difícil que contenga la complejidad que puede desarrollarse en mil palabras. Da Vinci juzga la pintura como superior a la poesía, aduciendo que la imagen prevalece sobre la palabra. A modo de ejemplo, asegura que una imagen de Dios atraería siempre más fieles que la palabra “Dios” escrita. Lo creo tendencioso ya que, si bien la imagen es más accesible, más visceral para este caso en particular, cuando se trata de conceptos más complejos no da al emisor elementos suficientes. La palabra exige detenernos, leer, releer, meditar, para extraer de sus entrañas los diversos significados que habitan en ellas.

Para la sociedad de consumo es conveniente personas que reaccionen instintivamente a colores, luces y sonidos, en vez de individuos capaces de pensar acerca de la realidad. La forma de someter y dominar es a través del lenguaje, recortando su mundo, achatándolo, dejándolo tan plano como los televisores plasma de última generación.

La pena de muerte en la Argentina.

Julio 14, 2008

“Morir matando, matar muriendo”

¿Es la pena de muerte una solución válida para castigar a quienes cometen crímenes graves?

En tiempos primitivos el hombre resolvía las injusticias por mano propia. Luego, a medida que fue evolucionando, reemplazó ese comportamiento por un complejo sistema de leyes que tipifican casos y recetan castigos.

¿Qué es la justicia? ¿Hacerle a alguien lo mismo que él hizo? ¿Darle una cucharada de su propio veneno? Vestigio de tiempos oscuros, la pena de muerte es un homenaje al Código de Hamurabbi y su Ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Propone castigar al responsable -en general de una muerte- con su suya propia.

En casi cien países, entre los que se destaca la primera potencia mundial, Estados Unidos, se la tiene como opción para castigar los delitos más graves. ¿Qué se entiende por delito grave? En la mayoría de los casos, homicidio; no excluye que los delitos sexuales o contra la salud también puedan encuadrarse dentro de ellos. Culturas que difieren de la Occidental también recurren a ella en casos como el adulterio de una mujer, la cual es sepultada por una lluvia de piedras arrojadas por gente libre de pecado. Incluso los padres de nuestra civilización, los romanos, ante una traición a la Patria utilizaban la muerte, facilitando al imprudente la expiación de sus culpas.

Actualmente se utilizan diversos métodos para infringir la pena de muerte. Previniendo cualquier posibilidad de espectáculo morboso, se aplica de modo de evitar cualquier dolor al criminal. En esto se diferencia de las torturas medievales (y de las contemporáneas, menos ostentosas), cuyo objetivo solía ser desalentar cierto tipo de conducta. Descartado el sufrimiento corporal ¿cuál es la finalidad de la pena de muerte? ¿Eliminar del sistema a un componente que se cree irrecuperable? ¿Es posible reinsertar en la sociedad -a través de la farmacología- a un violador de menores, a un psicópata asesino? ¿O acaso es más fácil seccionar que curar, podar que cuidar? Tal vez la pena de muerte se trate de un conveniente atajo.

Ninguna pena puede retrotraerse: nadie puede devolverle a un ciudadano -encarcelado injustamente- el tiempo perdido. El tiempo es la materia prima de la vida. Y la pena de muerte es arrebatarle de un tajo todo su tiempo. Por eso, en oposición a mucha bibliografía, pienso que entre una pena común y la pena de muerte no hay diferencia cualitativa -como podría suponerse a priori-, sino cuantitativa.

En la Argentina fue impuesta y removida varias veces, usualmente en forma sincrónica con el ascenso y descenso al poder de la fuerza militar. Desde 1984 no rige, y en virtud de pactos internacionales que tienden a preservar los derechos humanos es poco probable que vuelva a instaurarse. Sin embargo, en su plataforma política de 1999, Duhalde la propuso para castigar homicidios vinculados al narcotráfico, secuestro, y violación de menores seguidos de muerte. Hay un sector de la sociedad que está de acuerdo porque -desde su lectura del tema- lo ven como un camino para disminuir la inseguridad.

Al no existir la pena de muerte, la prisión perpetua hace las veces de castigo máximo. Sin embargo, en muchos casos, termina siendo no mayor a veinticinco años el tiempo que el reo permanece en prisión. Muchos de quienes estar a favor alegan que los delincuentes entran y salen de las cárceles sin demora, que sus condenas son breves paréntesis que los incitan a reincidir. Si bien es cierto que la justicia muchas veces da lugar a ese proceso, la pena de muerte no aparece como una herramienta que pueda agilizar o mejorar su funcionalidad. De hecho, exigiría jueces de una idoneidad casi impensable en nuestra sociedad, a sabiendas de que sus veredictos podrían poner fin a la vida de una persona (sabiendo que incluso en un país desarrollado como Estados Unidos -a través del ADN- se supo que en el pasado fueron ejecutados cientos de inocentes).

Es falso que tenga efecto disuasorio en los delincuentes: muchas investigaciones aportan evidencias en sentido contrario. En una poética de lo atroz Laurent enumera, entre los argumentos opuestos a ella, que las penas de sangre ensangrientan las costumbres: “la sangre llama a la sangre”.

La pena de muerte es un fácil escape, una sociedad que intenta remover sus síntomas en vez de mirarse a sí misma. Se despersonaliza al preso, se lo convierte en un objeto, en un número. Sin caer en la exageración -de moda en los últimos tiempos- de darles beneficios a los presos (que ya mucho le cuestan al Estado), tendría que rediseñarse el sistema carcelario para que sea más efectivo. Se siguen construyendo cárceles para mantener a los delincuentes cómodamente hacinados durante un tiempo: están latentes hasta que los liberan, momento en el cual ponen en acto sus intenciones criminales. Es probable que si se gestionasen de una forma más eficaz los recursos, podrían desarrollarse una serie de talleres laborales para que aprendan un oficio, y luego -con lo que produzcan- devuelvan al Estado algo de lo que sustrajeron (incluso sería más cercano al concepto del Derecho que consiste en “devolver las cosas a su statu quo”). Es decir, no enviarlos a hacer tareas inútiles, sino que estén obligados a trabajar y obtener beneficios útiles para la sociedad y para ellos (que también, ulteriormente, repercutirá en forma positiva en la sociedad).

Teniendo en cuenta lo planteado, ¿es eficaz la pena de muerte para disminuir la inseguridad, o es una de las tantas soluciones mágicas que busca una sociedad, empecinada en no ver que son sus raíces las de los frutos amargos?

¿Qué se esconde tras el reflejo?

Julio 13, 2008

Hay un testigo constante que sabe todos los detalles de tu vida (varios que incluso vos mismo ignorás). Irremediablemente todos tenemos este confesor, oyente y protagonista silencioso de nuestros rituales más íntimos. Se trata del espejo, aquel que nos muestra una foto polaroid que ya se desvanece. Ante él ponemos caras y hacemos cosas que no nos atreveríamos a hacer siquiera delante de nuestros más preciados amigos.

Pero el espejo no se restringe al botiquín del baño, sino que es nómade. Los hay por todos lados: en un televisor apagado (fenómeno inusual), en esa panera plateada de la abuela, en un charco de lluvia reciente, en la mirada con que nos mira la persona que amamos, en esa vidriera que observamos con tanto supuesto interés que hace ilusionar al vendedor.

Ese objeto trivial que puebla las carteras de las mujeres (que no los bolsillos de los caballeros) es un pequeño milagro: sin ningún artilugio tecnológico, es capaz de reproducir fiel -e imperceptiblemente a la vista- la realidad. No por nada son aliados inseparables del mago: en su duplicación simétricamente perfecta, le presta -por ejemplo- un gemelo por un instante.

Sin embargo, hay quien le reprocha el que muestre implacablemente todo lo que se le cruza. No tiene el prurito de nuestros amigos o conocidos para omitir decirnos que un grano de dimensiones jupiterianas emergió en nuestra frente. Simplemente nos muestra lo que es, como un buen terapeuta que a veces hace de espejo; por esa misma razón son tan odiados los mimos, espejos vivientes (arte sutil y mágico). Los únicos que intencionalmente deforman son los de los parques de diversiones, esos que nos hacen más anchos y bajos (algunos juran tener instalado uno de ellos en sus dormitorios).

Pero por alguna razón la gente inventa supersticiones, como la de los siete años de mala suerte si se rompe (un gran amigo pegó con mucha gracia un espejo roto en la pared, y rompió el maleficio con esta improvisada obra de arte). Ahora bien, si lo rompe un gato negro ¿cómo se multiplicaría la desgracia? Quizá tendrá sus siete negras vidas de mala suerte. Por cierto, los gatos no se reconocen en el espejo: ven a otro gato. Tal vez, más lúcidos que nosotros, se dan cuenta de que esa planura no somos nosotros sino apenas una ilusión de los sentidos. Ya oigo el ronroneo del gato de Cheshire cuya sonrisa lentamente se desvanece, burlándose del espejo.

Dalí tuvo la visión de experimentar con imágenes dobles y espejos. Dispuso un tubo espejado que alarga las figuras y, de esa forma, una mosca horizontal se transforma, en la verticalidad del espejo, en un jinete a caballo. Creo que supera en mucho a sus imágenes dobles pintadas (muchas veces forzadas y triviales) ya que constituye una poderosa metáfora acerca de cómo el mismo elemento que en ocasiones puede ser fidedigno y copiar con precisión la realidad, en otras puede distorsionarla y hasta cambiar su esencia.

Nunca olvido esos espejos enfrentados que generan infinitas reproducciones, como los que están montados en las puertas de los placares: uno refleja el reflejo del otro que ya es reflejo. Un big-bang en constante expansión en el que siempre intentaba adivinar el reflejo original, el Creador, sabiendo que era imposible.

Siempre me inquietó la palabra con la que los ingleses llamaban a los espejos: “looking-glass”. Como muchas palabras de ese sabio idioma -denostado por quienes ignoran su secreta complejidad- denota ese brillo en los ojos con el que nos mira el espejo. Es que esos ojos, si bien somos nosotros, también es Otro. Como esos cuadros antiguos en los que el retratado nos sigue a todos lados con la mirada. Es probable que quien creó la cámara Gesell (que sirve para observar pacientes llamados Alicia – o no- a través del espejo) se inspiró en ese verbo continuo en el que el vidrio cobra vida y nos mira atento y fijamente.

Unos músicos de vanguardia alemanes hablaban en los setenta de un “Hall of mirrors”, en el que un hombre joven mira su reflejo, como un neo-Narciso. A veces ve su cara real, y a veces a un extraño en su lugar. Citan -sin haberlos leído- unos treinta o cuarenta poemas de Borges (todos leves variaciones, espejos lingüísticos de un mismo poema).

Levanto la vista y veo mi propio reflejo en el vidrio de la ventana. Pero si miro más allá, veo los edificios de mi manzana. Quizá la primera mirada nos devuelve la imagen de nosotros mismos, pero si la profundizamos podemos llegar a intuir la realidad que nos trasciende, inasible a los espejos.

El eco de las cosas

Julio 13, 2008

Quizá la sombra fue el primer espejo que tuvimos, cuando nuestras manos aún portaban garrotes inalámbricos. En esa silueta es posible que nuestros antepasados hayan adivinado sus primeros rasgos auténticamente humanos. Incluso fue nuestro primer instrumento astronómico (¿no fue acaso un griego el primero en medir con precisión la circunferencia de la tierra utilizando -a modo de regla- una modesta sombra?)

Peter Pan -o Pedro Bread-, ese chico que nunca crece soñado por una imaginación igualmente imperecedera, tenía una sombra que se independizaba, haciendo caso omiso a sus órdenes. Recrea antigua literatura en la que las sombras eran el espíritu de la persona, lo intangible de su ser, que por momentos podía escindirse y darse a la fuga. Luego debían buscar, inevitablemente, otro huésped: podían cambiar de dueño, no su destino.

Las sombras chinescas, fabricadas por un par de manos convenientemente dispuestas, se acercan más a los arquetipos platónicos que los ejemplares vivitos y coleando. Y la tinta china (¿hay algo que no hayan inventado los chinos, a excepción de la birome?) son almas atrapadas como genios en la botella que, al abrir el frasco, emergen en forma de dibujos infantiles.

Los poetas le hacen odas, mencionándola en previsibles metáforas de muerte. A mí, en cambio, me molestan: tapan lo que estoy leyendo o escribiendo (aclaro que soy zurdo), cualquier distraído me la pisotea con impunidad, y la ando arrastrando como un perrito faldero todo el día. Por eso amo las noches, cuando todo es sombra: ya nadie me persigue, ya no hay un pedazo de mí con el que el sol pueda jugar a estirarlo y encogerlo a su antojo.

De chico me gustaba la magia, y de hecho fui Merlín por unos años. Me causaba curiosidad la palabra asombrar, que en una accesible etimología se entiende como “sin sombra” o -mejor aún- “salir de las sombras”. Habla de aquello (un truco de magia trivial, un milagro, lo mismo da) que nos hace salir por un momento de nuestra pesada sombra. En la rutina diaria enciende un fogonazo, siquiera fugaz, de lo incognoscible del universo. Un puñado de su materia prima soñando, escribiendo, reflexionando sobre sí misma y su sombra.

Sin embargo post-platónicos, siempre volvemos a la caverna, nos encadenamos por propia voluntad para no enceguecernos con esos incómodos destellos. Las sombras de las cosas y personas son más fáciles de manejar que las cosas y personas. El mundo se pliega, haciéndose un dócil origami.

Lo virtual es apenas una sombra que juega a ser realidad. Como si esas sombras prófugas de repente se creyeran las cosas que proyectan. La neo-caverna se nos abre como un pasaporte a un nuevo mundo, alejándonos del real. Las palabras se van marchitando de que nadie las escriba, las nombre, siquiera las piense. Todo es imagen, que según algunos vale mil palabras (siempre y cuando esas mil palabras hayan sido escritas por un analfabeto manco de las dos manos). Olvidando las palabras, las cosas dejarán de ser. Deshonraremos a Adán, que trabajosamente acuñó cada objeto de la Tierra, sombra del paraíso. Olvidaremos que alguna vez había un conjunto de símbolos que significaban árbol. Será eso marrón con hojas verdes que se bambolea por el viento. Hasta que perdamos los colores, las acciones y la naturaleza, y quedemos reducidos a mirar lánguidamente, ajenos a toda reflexión, algo que se mueve. Si a eso le ponemos un marco, habremos inventado algo: el televisor.

Emprender o depender, una elección

Julio 13, 2008

“Estoy sin trabajo, comprame”, reza el cartel que acompaña la tijera que me acaban de dejar en el regazo. Hay plaga de vendedores ambulantes. No tengo nada en contra de ellos: de hecho, están desde la fundación de nuestro país (¿qué son si no las negras que vendían empanadas en la revolución de mayo?). Sin embargo, me pareció curioso el argumento: “no tengo trabajo”. Tenemos tan imbuida la relación de dependencia como forma de trabajo, que no concebimos que otro tipo de actividad también pueda serlo. “Changas”, “rebuscársela”, “curro”, son algunas de las maneras en las que las llamamos. El tema es que si nuestro ingreso proviene de ellas, es un trabajo con todas las letras. “Esfuerzo humano aplicado a la producción de la riqueza” es la abarcativa definición que nos da la Real Academia Española. Si no, se crearía la paradoja de este “desempleado” que gana $1.500 al mes vendiendo tijeras, frente a un correcto empleado administrativo que apenas alcanza los $1.000. A nivel de marketing el cartel de nuestro amigo es efectivo y creo que poca gente refutaría su afirmación. Lo que sospecho es que él mismo se cree desempleado: su dignidad, su estima, su valía como persona son afectadas por esa manera de ver las cosas. Y no es así ya que, por más que no cuadre en el perfil del trabajador modelo que nos inculcaron de chicos (trabajo a sueldo), está creando su propio trabajo, su propia fuente de ingresos. ¿Por qué alguien que gastó mucho dinero es un emprendedor y él, que invirtió sus ahorros en esas tijeras, que con trabajosa dificultad redactó un cartelito que potencia sus ventas, que analizó en qué momento y dónde era más propicio venderlas, no lo es? O acaso también podría considerarse perfectamente un colaborador free-lance de quien maneja el negocio de las tijeras. Es la actitud ante la necesidad de generar ingresos lo que define a alguien. Hay quien tiene alma de empleado, y su mayor bien es un trabajo estable con un sueldo decente. Depende de la buena voluntad de una sola persona, su jefe. En cambio hay otros con espíritu emprendedor: quieren forjar ellos mismos su camino, ellos se dan los ascensos, ellos se ponen los incentivos, y ellos son los beneficiarios totales de sus ganancias (o de –hay que decirlo- sus pérdidas). Ninguna de las dos opciones es mejor a priori. De animarse a conocernos y elegir cuál va mejor con nuestra personalidad dependerá gran parte de nuestra satisfacción personal.