Archivo de Febrero 2009

Sobre el disfrute de una obra cultural

Febrero 5, 2009

Cinta abierta, vinilo, casete, CD, DAT, MP3. Nada más perecedero que los formatos para almacenar música, cada uno de los cuales promete mayores beneficios -a veces para el oyente, a veces para los bolsillos de sus inventores-. Mientras las discográficas y las distribuidoras debaten sobre la piratería, ya es parte de nuestros hábitos bajar música de la red en forma caótica, caprichosa, y reproducirla con la función Shuffle que puede dejar escuchar un tango seguido de una bossa nova, que a su vez precede a un regatón.

Este fenómeno ocurre no sólo con la música sino también con películas, series de televisión, videos, y libros –estos últimos en menor medida ya que nadie en su sano juicio lee trescientas hojas en la pantalla de un monitor-. Se transforma la manera en la que nos relacionamos con estos elementos de la cultura: estamos dejando de lado los rituales que nos conectaban con ellos. Por ejemplo, esa cajita de CD que comprábamos en la disquería; no veníamos la hora de romper el celofán y poner el disco mientras nuestros dedos recorrían la textura de la tapa y leíamos las letras. O las películas con los anticipos de otras, los aplausos apurando el comienzo de la proyección, el desfile de los carameleros con precios imposibles, el acomodador con su linternita que nos hacía sentir en una función de teatro.

Ahora una película la vemos en nuestra notebook o DVD. El cuidadoso trabajo de los artistas, directores y productores se diluyen en nuestra tiranía digital. El MP3 utiliza su guadaña para rebanar sin reparos los graves y agudos más bajos y altos de una canción. El énfasis está puesto en la cantidad y no en la calidad. Miles de MP3, decenas de películas listas para bajarse en minutos, cientos de reproducciones casi perfectas de la Mona Lisa en latas de galletitas que nos ahorran el trámite del viaje a Paris y la entrada al Louvre. Pero en esa practicidad, esa comodidad, en esa inmediatez, resignamos parte esencial de las obras.

Borges -al que tantos invocan en vano para darse pátina de leídos- fue lector de pocos libros: prefirió viajar mil y una veces a las noches de Arabia, a la Mancha del Quijote, al infierno de Dante acompañado del Padre Brown. Quizás el deleite más profundo es el de quien se planta ante una obra y la percibe en todas sus partes, siendo sensible a las sutilezas que propuso el artista, respetando la unidad y el contexto para el que fue imaginada. Y eso sólo sucede ante un lector o espectador atento, activo, educado, con el espíritu preparado para disfrutar y adentrarse en las distintas capas de sentido que nos ofrece una obra.

Starbucks o la fanfarria del café

Febrero 3, 2009

Tiene más locales en el mundo –más de doce mil- que el omnipresente McDonald’s. Están dispersos por Estados Unidos, Japón, China, Sudamérica, Asia y Europa, habiendo logrado todo ese crecimiento en menos de treinta años. ¿Con qué bebida prodigiosa logró este milagro? La misma que un Papa bendijo como celestial, y que nos sirve cada mañana el gallego de la esquina: el café.

Ahora bien, ¿cuál es el valor agregado, la vuelta de tuerca que propone esta cadena? Los libros que analizan el fenómeno alaban su concepto del tercer lugar, espacio que se suma al del hogar y al del trabajo. Esta definición -que pretende sonar innovadora- se trata simplemente de algo que los porteños conocemos desde siempre: el café como lugar de encuentro. Las charlas de café donde todos los problemas del mundo encuentran mágica solución, el desayuno acompañado del vasito de soda y del diario del día, la ceremonia del jarrito para cortar la leche, el eterno mozo de vestimenta detenida en el tiempo. Esa pausa, ese lugar de reflexión, de silencio o de conversación más libre que otros ámbitos, donde se puede hablar horas de ese negocio que nunca vamos a hacer, de una mujer que sólo existe en nuestra imaginación, todo mientras levantamos la mano y le hacemos al mozo el gesto para que nos traiga otro café. Todo ese ritual profundamente humano fue devorado en muchas partes del mundo por el fast-food, la vedette de fines de siglo que ya muestra signos de esclerósis irreversible (algo que McDonald’s y sus nuevas ensaladas lo saben).

Un clásico que forma parte de nuestra cultura porteña es el mozo que nos conoce y nos hace el café un poquito cargado, eligiendo esas medialunas crocantes como sabe que nos gustan. Qué más alejado de eso que el impersonal empleado adolescente que en Starbucks escribe nuestro nombre con marcador en un vaso para que otro lo diga en voz alta una vez que preparó el brebaje. Este factor de no saber adaptar la propuesta a nuestros hábitos volteó a gigantes como Pizza Hut, Domino Pizza, Dunkin Donuts y tantos otros que quisieron imponerse. Ignoran que si bien siempre miramos para afuera, para perdurar deben hacernos creen que no nos están cambiando.

En Argentina por ahora se posiciona como un producto para quienes quieren mostrarse a la moda. Esos que bajen de su auto importado enfundados en su chomba Lacoste original para comprar un take-away (café para llevar), o una pareja que quiere probar algo distinto, o alguien un desprevenido que entró atraido por el cartel y que sólo al terminar de pedir advertió que ese café de nombre extraño iba a costarle doce pesos.

Otra razón por lo que creo que no va a poder imponerse, aparte de no adaptarse al paladar y tradición argentinos, es que las cadenas locales blindaron el mercado. Starbucks demoró mucho su penetración en Argentina, dándole tiempo a Café Martínez, Delicity, Bonafide, Havanna, y McCafe -las cadenas más fuertes- para ocupar los principales puntos estratégicos, que muchas veces definen el éxito del local. Y más allá de que sospechaban que el público argentino no iba a engancharse con el take-away, de todas formas lo ofrecieron, sacándole a Starbucks esa primicia de las manos.

Entre los aspectos distintivos del fenómeno los supuestos eruditos incluyen el enfoque en la calidad. Y la verdad es que más allá de que la materia prima con la cual trabajan puede ser buena y de que su personal esté decentemente capacitado, el verdadero café exprés no precisa de tanto aditamento de sabores. Nombres imaginativos como frapuccino, mokaccino, vento, designan tragos, medidas y a una serie de ingredientes de los cuales el café es uno más, y no de los más importantes. Los verdaderos baristas expertos en café insisten en que en su versión más pura es el corto, cargado, sin endulzar, concentrado (todo lo contrario a lo que nos ofrece Starbucks). Les regalo un anagrama de la palabra café que me enseñaron para recordar las características que tiene un buen café: Cargado Amargo Fuerte Espeso.

Por ahora en Argentina Starbucks, más que café, es pura espuma. Y en vaso de plástico.