En los últimos tiempos pareciera que estamos empeñados en hacer muchas cosas al mismo tiempo; como si fuese mejor, como si el hecho de la simultaneidad demostrara destreza y eficiencia. Hacer una sola cosa a la vez ya es obsoleto, arcaico, del siglo pasado.
Sería interesante saber cuánto de esto nace de nuestra inquietud, y cuánto es inculcado desde fuera. Las mismas empresas que dividieron el trabajo en líneas de montaje (Adam Smith y sus alfileres) ahora se dan cuenta que el mismo empleado que hace esa tarea simplificada puede ser aún más productivo si la hace varias veces en simultáneo: sigue ajustando tuercas, pero la tecnología ahora permite que ajuste tres a la vez en vez de una.
La computadora, símbolo del progreso, es la herramienta perfecta a ese fin. Las primeras con su D. O. S. eran monotarea y permitían hacer una sola cosa a la vez: formatear, copiar un archivo, leer un texto, tenían que hacer una paciente fila. Pero a partir del Windows y sus múltiples ventanas se masificó el concepto de operar múltiples aplicaciones en forma simultánea. Ya podían ser tres planillas de texto les que se procesaran, o tres clientes a través del chat.
El capitalismo desde hace tiempo alienta esta mejora en la producción; a quien fotocopia le da dos o tres máquinas, al cocinero varios platos, y así. Y en este aspecto la computadora es un recurso valiosísimo: con el mismo equipo pueden llevarse adelante muchas tareas al mismo tiempo con el mismo empleado, sin gastar un centavo más.
¿Cómo puede Argentina ser competitivo ante países como la India donde la mano de obra es mucho más barata a igual nivel de calificación? Obteniendo más plusvalía. La manera de lograrlo es capitalizar este rasgo cultural de poder trabajar en simultáneo. Esto le permite, frente al empleado promedio indio que suele ser lineal y prolijo, generar productividad adicional que compensa su mayor costo por hora. Y suele ser exacerbado por las multinacionales desesperadas por evitar que sus posiciones sean tercerizadas en una filial más barata, alienando al empleado; su personalidad es forzada a desdoblarse en forma esquizofrénica.
Esta faceta multitarea la vemos también mucho en chicos de menos de 25 años; es el estar en todos lados sin estar en ninguno. Despliegan diez ventanas con Twitter, Facebook, el Excel con el que están trabajando y van y vienen; concentrarse en un problema, es aburrido. Necesitan constantemente estímulos visuales y sonoros que los saquen de su abulia generacional. Sería tal vez perverso pensar que esta misma necesidad que los convierte en atractivos consumidores desde muy chicos, también los hace de más grandes empleados jugosos y redituables, aptos para soportar grandes sobrecargas de trabajo disimuladas en el multitasking.
Este fenómeno de las últimas décadas es nuevo para el ser humano: los más viejos intentan adaptarse y los más chicos lo viven como natural. La multitarea es un elemento que se suma a la simplificación del lenguaje, a la preponderancia de lo audiovisual, a la falta de cultivar el diálogo. Todo es consumido por la vorágine, por la practicidad, por el utilitarismo. Pero a esa velocidad se corre el riesgo de dejar de percibir los detalles que hacen al todo, de tener la paciencia para disfrutar del arte y el amor en profundidad (salvo que pensemos que el entretenimiento y el sexo son sus sustitutos perfectos).
Acaso las actividades más sagradas del ser humano sean siempre monotarea, ya que requieren dedicación, entregarse por completo a ellas: hacer el amor, charlar con un amigo, imaginar un mundo entero dentro de las hojas de un libro, ver un paisaje que nos deja su huella, pensar con claridad y hondura.
La multitarea, un gran salto para el progreso material, es un paso en falso para la evolución de la persona.